Cuando el olor lo dice todo: entrar en una casa abandonada en España
Antes de ver nada, se siente. Un aire denso, cargado de humedad y de barniz viejo que el calor de verano ha ido disolviendo durante años, impregna la garganta nada más cruzar el umbral. Es ese olor inconfundible de lo que ya no se ventila, de madera que ha absorbido décadas de vida cotidiana y las ha ido fermentando en silencio. En esta casa perdida en el interior de Asturias, el urbex comienza por los sentidos antes de comenzar por los ojos.
Lugares abandonados que conservan la vida tal como fue
Lo que sorprende de estos lugares abandonados no es la destrucción, sino precisamente su ausencia. El mobiliario sigue en pie: una mecedora frente a la ventana opaca, cuya luz blancuzca y difusa recorta los contornos del tapizado sin revelar del todo su color original. Sobre la cómoda del dormitorio, un peine, un frasco de colonia sin tapón y un reloj de sobremesa detenido por falta de cuerda, no por el paso del tiempo. Todo sugiere una marcha precipitada, quizás definitiva. Según los indicios visibles —cartas con matasellos de los años noventa apiladas junto a la puerta, una factura de la luz con nombre y apellidos todavía legibles—, los últimos habitantes abandonaron la casa tras una herencia disputada que ninguno de los hijos quiso resolver.
Imaginar la vida que aquí transcurría resulta casi inevitable. Alguien se sentaba cada mañana en esa mecedora, con la taza apoyada en el alféizar y la vista hacia el huerto que hoy ha recuperado el monte. El papel pintado —flores geométricas en ocre y marrón, típicas de los años setenta— se desprende ahora por placas enteras, dejando al descubierto el yeso crudo debajo, como si la casa misma fuera perdiendo capas de memoria. Para quienes practican urbex en Asturias, este tipo de casas intactas representa un hallazgo excepcional: no hay rastro de vandalismo, solo el trabajo lento y metódico de la humedad atlántica.